Henry Spencer Miércoles, 8 octubre 2014

Juana sin memoria

I

Soy un feliz repartidor de stickers de La Habitación de Henry Spencer, esa sería mi descripción underground de trabajo.

Para el público general, claro, soy “el reportero loco que la semana pasada hizo bailar a los Congresistas el Baile del Caballo”.

Y está bien. La primera descripción me hace sonreír (¿puede haber mayor felicidad que regalar algo tan bonito como un sticker de una chamba que te hace sentir orgulloso?) y la segunda, la descripción televisiva, me hace cagar de risa.

Esta semana estoy mezclando ambas profesiones, visitando en medio de mis grabaciones diarias las casas de todas las personas que, vía Twitter, me pidan stickers de La Habitación.

 

II

Siempre me han gustado los nombres bonitos, los nombres bonitos de personas, animales o cosas.

Las cosas que he creado, los proyectos que manejo, llevan nombres bonitos, recordables, que, creo, te dan ganas de mencionar. Eso es básico.

Cuando conozco a una persona y me gusta su nombre (o su apellido o la combinación de sus nombres y apellidos) siempre se lo menciono.
“Oye, qué bonito nombre tienes”, y la gente sonríe.

Hoy nos hemos desviado un poquito de la ruta de grabaciones del programa (por favor, no lo mencionen a la producción del canal) y ahora estoy parado en la puerta de la casa de una chica que, en Twitter, se hace llamar “Juana Desmemoria”.

Me ha pedido stickers. Le he traído stickers y postales.

Abre la puerta y se me queda mirando, sonriendo.

-“¿Que fue?”, le pregunto
-“Nada. En verdad has venido”, me responde sorprendida
-“Claro. ¿No quedamos en eso?”
-“Sí, pero no pensé que realmente fueras a venir”

Le entrego stickers y postales. Me agradece.

Conversamos unos minutos y antes de irme le digo “oye, qué paja tu nombre de Twitter. Juana Desmemoria. Suena bien bonito”.

-“Es que es verdad”, me explica, “tengo pérdidas de memoria porque tengo epilepsia”

Me quedo sin palabras.

-“Es más, voy a llamar a mi hermana para que nos tome una foto porque sino olvidaré este momento, y no quiero olvidarlo, porque me parece lindo que te hayas tomado el trabajo de venir a regalarme stickers”

Nos tomamos una foto. Nos abrazamos. Nos despedimos.

“Bueno, no te olvides de mí”, le digo mientras camino al auto.

Me sonríe.

 

III

Pasa una semana y, revisando Twitter, encuentro un tuit de Juana, que ahora lleva como nombre de usuario “Juana sin memoria”.

“Estoy pasando por una crisis. Me gustaría hablar con alguien”, escribe.

Le envío un mensaje directo y le pido su teléfono (si yo algún día escribiera algo así, me gustaría que alguien me llame para conversar).

Me pasa su número. La llamo.

Contesta. Se sorprende. Reacciona de la misma manera que cuando la visité en casa para regalarle stickers.

Conversamos por casi 20 minutos. Me explica de modo detallado su condición.

Me comenta que cuando escribió ese tuit sentía que le estaba viniendo un ataque epiléptico (“yo puedo sentir que está viniendo. Mi cuerpo me lo anuncia, para que de algún modo esté preparada”).

Hablamos sobre su memoria. Me dice que su mamá murió hace poco. Que se reía mucho con mis notas en la tele. Que a veces se despierta, no recuerda que murió y empieza a buscarla por la casa. La llama. No la encuentra. De pronto, ve un pequeño altar con sus fotos y recuerda todo.

(Se me salen las lagrimas mientras me cuenta esto, pero no se le digo).

Me agradece mucho por llamar.

-“No te olvides de esta llamada”, le digo.
-“No te preocupes, apenas colguemos voy a escribirme un correo para recordarme todo esto y no olvidar que me llamaste cuando necesitaba conversar”
-“¿En serio? ¿Te vas a mandar un correo a ti misma?
-“Claro, mi mamá me enseñó eso. A recordar esas cosas que olvido como historias”
-“Qué bonito eso”

Colgamos. Luego de media hora, me reenvía un correo que lleva como título “Recordatorio”.

“Te llamó Henry Spencer, el que sale en canal 5.
Te llamó el 21 de octubre del 2012 a las 7:07 pm.
No te sorprendas, te sentías deprimida, escribiste un par de tuits depresivos en Twitter y él te respondió y te llamó.
¿Te acuerdas que se conocieron no?
Eso sí lo recuerdas, por la foto que te tomaste con él.

Bueno, le contaste que tienes epilepsia.
Fue muy lindo al llamarte, Te preguntó cómo estabas.
Recordaste que te dio risa la nota del Gangnam Style en el Congreso.
A él también le pareció un cague de risa hacer bailar a los Congresistas, pero luego te comentó que le llegaba al pincho que como a todos les había encantado la nota, el programa lo mandaba a todos lados a hacer el baile del cabello y como él ya no quería, había tenido algunas (varias) discusiones con la producción.
Ya no le parecía gracioso hacerlo tantas veces.

Te preguntó si te gustaban los documentales.
Le respondiste que sí.
La neuróloga te recomendó ver películas y documentales ya que ayudan a que tu cerebro esté en constante ejercicio y agudiza tu memoria (tampoco es que haya funcionado mucho hasta el momento. Ja).
Te recomendó el documental “About a Son”, sobre Kurt Cobain.
Te contó que estaba hecho con audios de entrevistas.
Recuerda verlo, si te lo recomendó debe ser bueno.

Le contaste acerca de mamá, que se reía con sus notas en Canal 2 y Canal 5.
Que tu viejo renegó harto con la nota de Gangnam Style en el congreso.
Además, no sé cómo se enteró de que te gustaba Blink 182 y te recomendó Angels and Airwaves, la banda de Tom Delonge.
Quizás puede leer la mente.

No recuerdo mucho más.
Él dijo que te haría recordar más cosas si tú no podías.

No te olvides de leer esto, porque si algún día vuelves a conversar con él o te lo encuentras, sería bueno que le agradezcas por llamarte y hablar contigo por 20 minutos cuando estabas en medio de una crisis depresiva”.

 

IV

Al día siguiente, suena mi teléfono.

Es Juana.

-“¿Aló? ¿Con quién hablo?”, me pregunta
-“Juana, soy Luis Carlos. ¿No has guardado mi número?”
-“¿Luis Carlos?
-“Luis Carlos Burneo. Estuvimos hablando ayer por teléfono”
-“¿Sí? Disculpa, no lo recuerdo. Discúlpame si te molesté por teléfono”
-“No, ninguna molestia. Hablamos bien. Escribiste un tuit. Te llamé. Lo escribiste todo en tu correo”
-“¿Sí? Está bien. Lo leeré”

Está confundida. Se disculpa. Se despide de mí.

 

V

Un año después, Juana y yo somos amigos.

Me invita a la presentación de la editorial cartonera de los alumnos del colegio donde terminé 5to de media.

Asisto encantado. Me siento junto a ella en el salón.

Le doy la mano un ratito, porque, minutos antes, me ha contado por teléfono que no se siente muy bien.

-“Tengo alucinaciones”, me dice
-“¿Qué ves?”, le respondo susurrando en medio de la presentación
-“Veo pajaritos en el techo, gatitos de colores caminando por el piso”
-“Ok, pero sabes que no están”
-“Sí, sé que no están, pero igual los veo”
-“¿Sí?, ¿sabiendo que no son de verdad igual los ves?”
-“Sí, se llaman alucinaciones complejas”
-“Tranquila. No hay nada”
-“Lo sé”, me responde.

Luego de un rato le pregunto si se acuerda cómo nos conocimos.

No lo recuerda. Sabe que somos amigos, pero no puede recordar cómo inicio todo.

Le cuento lo de los stickers.

-“¿Yo te di mi dirección? ¿Sí? Raro. Yo nunca haría eso. Nunca confiaría”

Termina la presentación.

Oscar, nuestro profesor, anuncia que es la última actividad del colegio en ese local -lugar donde viví mi inolvidable 5to de secundaria- ya que pronto lo derribarán para hacer un edificio.

“Esto es casi una despedida”, dice.

Debo irme.

Juana me acompaña a recoger mi bicicleta y me hace la taba hasta la puerta de mi colegio.

Conversamos un ratito. Quedamos en vernos pronto.

“No te olvides de mí”, le digo ya montado en mi bici.

Me sonríe.

“Tú tampoco”, responde.

juana