Henry Spencer Martes, 21 octubre 2014

Yo amo a mi abuela

-“¿Has escuchado el chiste del “Tengo hambre”?, me dice mi abuela, con sonrisa traviesa.
-“No, ¿de qué va?”

Y abriendo la palma de su mano, me lo cuenta.

-“El dedo gordo le dice al índice “Tengo hambre”, y el índice le dice al medio “¿Qué haremos?”, el otro le responde “Robaremos”, y el anular “¿Y si nos pillan?”, y el chiquito responde “Correremos”.

Los dos nos reímos como niños.

Ella es mi abuela.

En el 2007, cuando iniciaba La Habitación de Henry Spencer, se hizo famosa en el internet (no “en las redes”, porque todavía nadie utilizaba Twitter y Facebook) por una hermosa sección de videos de cocina que creamos juntos.

Esos videos se convirtieron en los primerísimos episodios de mi blog y crearon una conexión especial con miles de usuarios que se sintieron totalmente identificados, porque sus abuelas también cocinaban, o porque aprendieron de ellas a cocinar o simplemente porque la imagen de mi abuela les recordaba a su propia abuela.

Qué suerte que tienes de tenerla todavía. Yo extraño mucho a la mía, Spencer”, era un comentario que se repetía una y otra vez (y cada vez que lo leía me sentía realmente agradecido de tenerla y pensaba que no podría imaginar la vida sin ella).

Han pasado 7 años desde que grabamos esos videos.

Luego del almuerzo, mi familia hace sobremesa.

Yo estoy con mi abuela, al ladito, en la sala de TV.

Nos abrazamos y nos contamos chistes. Se ríe mucho. Siempre se ríe mucho conmigo.

Se me ocurre sacar mi celular.

Busco los episodios de cocina que grabamos. Se los muestro uno por uno.

La abuela sonríe, impresionada. Mira la pantalla de mi teléfono mientras se ve a ella misma cocinando.

-“Enano…¿cuándo hemos grabado eso?”, me pregunta
-“Hace como 7 años”
-“¿Tanto grabamos? ¿Y la gente lo veía?”
-“A la gente le encantaba…y le encanta todavía”
-“Sí, pues. Dirán “vieja boba” que se deja grabar por el nieto. Se reirán, ¿no?”
-“¿Qué hablas? Al contrario. Estos episodios son probablemente los más bonitos de la historia del blog”
-“Ay, enano. Yo no entiendo nada de esas cosas modernas”

Recordamos juntos esa época, donde su único cuestionamiento era “¿cómo pasas a la computadora lo que has grabado en ese cassette, y cómo gente de todo el mundo puede verlo? No entiendo”, y yo le explicaba con calma lo que era un blog y cómo funcionaba el internet.

(Una vez, en el 2007, mi abuela me llamó emocionada porque escuchó en televisión un comentario de un especialista que decía que, en un futuro muy cercano, los bloggers tomarían el internet, se convertirían en los nuevos periodistas/comunicadores, y la forma de enterarnos de las cosas sería a través de una red de información creada por nosotros mismos.
“¿Tú eres blogger, no?”, me preguntó esa vez por teléfono).

Mi primera experiencia de complicidad con mi ella fue a los 6 años.

Me recogía del colegio todos los días y me engreía mucho.

Me compraba cositas, dulcecitos, me llevaba al mercado de Lince a encontrar las figuritas que me faltaban para llenar mi álbum Navarrete, me acompañaba a comprar mis primeros cassettes de rock.

Un día se le ocurrió invitarme un helado.

-“Pero no le vas a decir nada a tu mamá, enano, ahh”, me hizo prometer.

(Recuerdo que mi mamá le pedía no me compre helado -“no le des cosas heladas”, decía- porque podía resfriarme).

Esa tarde, mi abuela y yo disfrutamos juntos un helado de chocolate, que era como la mejor recompensa tras estar encerrado 7 horas en ese invento llamado colegio.

Al día siguiente, claro, me resfrié.

Mi mamá se molestó y casi me exigió confesar si mi abuela me había comprado algo helado.

Como es obvio, chibolo asustado, le tiré dedo.

“Me delataste, canallita”, se ríe ahora a carcajadas mi abuela 25 años después mientras celebramos Navidad.

Es como la gran anécdota que amamos, que cada año -a cada rato, en realidad- nos gusta recordar.

Yo amo, también, nuestras constantes conversaciones telefónicas.

Siempre me llama a casa para saber cómo estoy, para chismear, para tontear.

Nos quedamos 10, 20, 30 y hasta 40 minutos, a veces, hablando de todo y nada, acompañándonos como uno acompaña a ese amigo al que llamas cuando no tienes nada que hacer y simplemente quieres decir “qué hay”.

Esas conversaciones, casi siempre, terminan con palabras suyas que, aunque las he escuchado mil millones de veces, siempre me conmueven.

-“Ya pues, enano. Hablamos más ratito. Te dejo para que hagas tus cosas. Yo te quiero mucho. Te recuerdo todos los días y siempre le pido al Señor por ti, en todas mis oraciones. Y estoy seguro que él me escucha, porque sé que te va muy bien y por eso estoy orgullosa de tener un nieto como tú”.

Ella es mi abuela. Por eso la amo.

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