Henry Spencer Martes, 16 diciembre 2014

Carta abierta a mis Enemigos

LC y Chino

El fin de semana pasado estuve en Tip Top y me comí una Tiptorella.

No la comía desde el 2012, donde se convirtió en mi “cena de medianoche” regular, junto a salchipapas, hamburguesas, toasted twisters de KFC y otras cosas-que-no-se-deben-comer-a-medianoche que pedía por delivery (porque era lo único que estaba abierto a esa hora).

Llegaba a mi casa tardísimo, cansado, totalmente estresado de la televisión.

Mi día era despertar, correr al Metropolitano, bajar en México, tomar micro por china al canal, reunirme con producción, salir a grabar (primera entrevista en el Callao, segunda en La Molina, por poner un ejemplo) regresar 3 pm al canal apurado, sin tiempo para almorzar, chequear mis imágenes, pautear (seleccionar qué imágenes utilizaría), escribir, imprimir y correr a edición.

Edición era tooodo otro proceso, donde, literalmente, por el cansancio, me quedaba jato frente al editor (era normal que la gente me dijera “oye, pasé por la isla de edición ayer y te vi jateando”).

Y mi día terminaba, no exagero, minutos antes del programa, con mi nota del día lista (y luego a correr a casa, comer basurita, dormir y despertar para correr nuevamente al Metropolitano).

Era un latón, pero ¿qué lindo la hicimos, no?

Durante dos años, mientras me aguantaron en el programa, hicimos -creo, díganme si estoy equivocado- algunas de las cosas más pastrulas que jamás se habían hecho en televisión nacional. Y de eso siento un orgullo del carajo, porque lo hicimos, huevón. Porque pusimos en pantalla lo que, literalmente, nos salía de los huevos. Porque al día siguiente todos en la calle (tooodos!!!) se nos acercaban a comentarnos, cagándose de risa, sobre nuestras pequeñas grandes notitas pastrulas (una señora, en la puerta del canal, me dijo una vez “Joven Burneo, tengo 70 años y me río con las cosas que usted hace. Usted me hace reír. ¿Sabe lo importante que es para una persona de mi edad reir?”. Ahí me quedó todo claro).

Por supuesto, esta hermosa experiencia no vino gratis. Costó, dolió.

Literalmente aprendí a patadas muchas de las cosas de las que ahora me siento orgulloso (y que aplico para mis proyectos personales, claro) y a veces, siempre, me siento huevón porque el fondo de mi corazón me dice que debí escuchar más, ser más humilde, callar cuando los maestros hablaban, aceptar que no siempre tengo, ni tendré, la razón y que siempre habrá una mejor manera de hacer las cosas.

Solo queda decir gracias, gracias a todos -con los que me llevaba bien, con los que me llevaba mal, los que no podían ni verme- todos los que formaron parte de ese maravilloso programa llamado Enemigos Públicos, que, siempre lo repito, me regaló dos de los años más intensos de mi vida.

Por los buenos (y malos) momentos, por las buenas notas, por esa emoción que sentíamos al vernos y pensar “qué de puta madre estar pasando esto en televisión nacional!!!”, por todos los aprendizajes intensos de periodismo, de trabajo en equipo, de la vida, por toda la basurita de delivery comida a la medianoche…porque lo demás es recontra aburrido, pezweonazos!


Martín Arredondo, ex productor de Enemigos Públicos, recuerda historias del programa.

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