Henry Spencer Lunes, 10 agosto 2015

Hasta nunca, señorita Laura

Lo recuerdo como si fuera ayer.

 

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Yo era un pulpín universitario estudiando tempranito para mi final de Mate 1 que me mandaría a la bica, pero no podía despegar los ojos de la televisión.

En Canal A repetían el late night show de Beto del día anterior, donde se mostraban una serie de testimonios que ponían al descubierto a Laura.

Laura, por esa época -fines de los 90s, inicios de los 2000s- era la reina de los realities de concursos.

Los realities eran más sinceros. El chongo era sacarse la mierda, literal.

No era necesario llamarlos “guerreros” ni “combatientes”, de frente, muchas veces sin un floro previo, los concursantes, -chicos lindos, musculosos y chicas de cuerpos perfectos- entraban a escena a matar, a agarrarse a trompadas porque eso gustaba a la gente pues, Srta. Laura.

Y la gente, desde sus casas, aplaudía, levantaba los brazos de emoción, generaba, de corazón y espíritu, los soñados 40 puntos de rating que todo programa de televisión quería tener.

Y el fenómeno se trasladaba a las puertas de los canales de tv, donde, diariamente, centenares de escolares esperaban, ansiosos, ingresar al set de Laura para ver, en vivo y en directo, las riñas amorosas de los concursantes: “Olvídate de mí. Olvídate de mí. Olvídate de mí. Olvídate de mí”, le lloraba cantando en televisión nacional una guapísima rubia a su ex por esa época.

 

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De ellos, de los concursantes del programa de Laura, se hizo todo un circo: claro, literalmente una carpa con algún improbable espectáculo circense en algún rincón de la ciudad, pero también un circo mediático.

Los llamados diarios chicha -que luego nos enteramos por qué y para qué existían, mi querido Vladimirrr- orgasmeaban titulando, todos los días del Señor Jesucristo, con los dimes y diretes de los bellos concursantes del programa (a quienes llamaban “artistas”, a veces).

Todos los días del Señor Jesucristo.

¿Se imaginan ahora, en épocas de glorioso internet, abrir Twitter o Facebook y ver que tooodos los medios casi solo hablen sobre eso?

Evidentemente, a Laura le salió competencia de su reality de concursos de bronca.

Una señora llamada Mónica abrió su propio programa “Mónica, la guerrera” en el canal de la competencia, y en otra estación de televisión, un popular y bigotón ex conductor de programas musicales inauguró otro clon: “Leones y cobras”.

Y así, por ese entonces, nuestra tele se repletó de esos realities de concursos.

Ese ciclo universitario me fui a la bica en Mate porque me quedé viendo la repetición del programa de Beto en lugar de estudiar.

En el programa se mostraban una serie de testimonios que ponían al descubierto la manera cómo se manejaba el espectáculo detrás del show de Laura.

El equipo de producción del programa recorría lujosos distritos limeños en busca de los chicos más cueros y las chicas más lindas y, a cambio de un pago -se mencionaban cifras entre 10,000 y 20,000 dólares al mes- estos jóvenes se comprometían a hacer de su vida un espectáculo, a inventarse historias de amor y desamor, a pelearse en televisión nacional -a veces de boca, a veces a puño limpio, por qué no- e inclusive a pasar por toda una serie de retos humillantes, como lamer axilas o comer cucarachas.

Todo por la plata. Todo por la fama. Todo por salir en la tele.

Cuando se descubrió el “detrás de cámaras” de su reality de concursos, Laura solo atinó a responsabilizar a su equipo de producción: “Es mi programa, pero yo no sé nada. Es más, según algunos estudios, las cucarachas son nutritivas”, se defendió.

Pero el roche no eran solo las cucarachas.

Se le acusó de abusar de la necesidad de los pobres…jóvenes a cambio de dinero, de humillarlos -a veces gritando, a veces llorando- frente a cámaras contando falsas historias de amor, de hacer que estos chicos se agarren literalmente a golpes en el piso por plata, fama, atención (o un viaje de promoción).

Y el pueblo reaccionó con rabia: “Sí, pues. Hemos estado embobados, distraídos durante años con este tipo de programas que realmente no han aportado nada en mi vida”, era el comentario más escuchado en plazas y parques (“¿plazas y parques?”. Sí pues, pulpín. No habían redes sociales).

Ya descubierta y antes de irse de un país que la rechazaba, que se sentía engañado, estafado, harto de que en el extranjero crean que todos los peruanos tenían cuerpos y dientes perfectos, Laura envió un fax a su ex canal de televisión, que fue leído esa misma noche en el noticiero nocturno de moda.

“Querido pueblo peruano. Primero, he tomado la decisión de desactivar mi programa de televisión. En segundo lugar, he decidido convocar, en el inmediato plazo posible, a una audición general -en la cual, evidentemente, no participará quien escribe- para buscar a mi sucesor o sucesora, a quien le dejo un montón de carritos sangucheros, para que sigan haciendo obras sociales por el pueblo peruano.

Quiero decirles, sin embargo, que me parece injusto el trato que estoy recibiendo. Uno, como espectador, tiene el poder en el control remoto de su televisor. Uno elige qué ver y qué no ver. Y si no te gusta, pues simplemente no lo veas”.

Terminado la lectura del mensaje, el conductor del noticiero, un señor apellidado Cateriano, se quedó unos segundos mirando con desprecio el fax, tomó un respiro, se dirigió hacia la cámara y dijo

“Ojalá esto nunca vuelva a pasar en nuestra televisión. Hasta nunca, Srta. Laura”.

 

Laura Bozzo y las axilas

 

 

Acabemos con Esto es Guerra. Una campaña contra la televisión basura.