Henry Spencer Martes, 25 noviembre 2014

Promoción

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Llego a mi colegio luego de 17 años para el almuerzo de reencuentro de mi promoción.

No entro inmediatamente. Me quedo en el taxi unos minutos armándome de valor (como cuando iba a las fiestas que organizaban en quinto de primaria -cruel edad para que un colegio de hombres busque la interacción chico-chica- y me quedaba en la puerta de la fiesta, esperando, haciéndome el loco, intentando a cada minuto entrar).

Salgo del taxi y entro al colegio. Le mando a B. audios por WhatsApp: “No sé qué me pasa. Ya entré. Usualmente no soy tanto así, pero medio que me estoy muriendo de miedo ahorita. Tamare”.

Estoy aquí por culpa de Miguel, un buen amigo del Santa María con quien, por cuestiones de chamba y amistades en común, he estado conversando últimamente.

En mi último cumpleaños, mientras se despedía de mí, Miguel me dijo: “Luis Carlos, estoy organizando el reencuentro de la promo por los 15 años. Tú no fuiste al reencuentro por los 5, ni por los 10. Anda a este. La gente quiere verte”.

Por supuesto, no le creí (en realidad, no bromeo, no creo que en general la gente quiera verme) pero estaba de cumpleaños, alegre, tras muchos deliciosos chilcanos, y acepté la invitación.

Y es por eso que estoy caminando hacia la canchita de fútbol de mi cole -que nunca pisé o pisé a regañadientes- para reencontrarme con gente que no he visto hace 17 años (porque, por razones de bille, me fui del cole en tercero de secundaria).

Saludo a los compañeritos que han llegado temprano. Los más discretos me reciben con estrechada de mano, los más nostálgicos/cariñosos, con abrazo.

Todo se siente raro, la verdad. Somos como un pequeño grupo de treintañeros, que no se ven nunca o casi nunca, haciendo small talk (hablando de cualquier cosita para romper el hielo).

De rato en rato, no aguanto mucho el small talk, me voy hacia la mesita de tragos para servirme agua.

“Oye, ¿no tomas?”, “no, en un ratito”, les respondo.

Todos me han visto en la tele -algunos, la mayoría, creen que sigo trabajando en el canal- y cuando les digo que no, que ya no estoy ahí, me preguntan “¿y ahora qué haces?”.

Y para mí es tranca explicar, porque la mayoría tienen grandes puestos en empresas o manejan negocios propios de construcción, exportación o se desarrollan en la empresa familiar (y, curioso, siempre la respuesta es “trabajo con mi viejo” y punto) y yo…bueno, yo soy blogger.

Entonces me invento una respuesta, una descripción de chamba chévere (que me la pirateo de algunos amiguitos con los que trabajo y que me describen así): “manejo varias webs, desarrollando contenido digital propio y para algunas marcas”, explico.

Todos quedan impresionados. No entienden nada, pero la descripción suena muy bacán (imagino más bacán que la respuesta que doy diariamente cuando me preguntan qué hago: “soy blogger”).

Tomo tanta agua que me da ganas de ir al baño.

Hago pis y cuando salgo se me ocurre safar caleta. No la estoy pasando mal, pero podría safar caleta ahorita.

No lo hago. Respiro y me pongo a caminar por todas las instalaciones del colegio. Ese colegio donde viví mi adolescencia, donde descubrí el punk, donde, muchas veces, me sentí apartado, donde fui a mis primeras fiestas y se sentía igualito o muy parecido a las fiestas que veíamos en la tele en las series de moda: Salvado por la campana, Los años maravillosos, Beverly Hills 90210.

Decido no irme. Regreso con otra actitud. Me pongo a conversar con un montón de gente. Cojo una chela -para que no me pregunten por qué no tomo, una chela no estará mal- y, de pronto, la fiesta entra en ambiente.

Recordamos, con nostalgia, todas esas tonterías del cole que nunca olvidaremos y, de pronto, siento eso que Miguel me dijo para convencerme de ir: que la gente con la que converso realmente se siente a gusto de verme. Y es bonito.

Converso con Bruno, que recuerda con nostalgia las visitas a mi casa para escuchar punk (y me dice algo así como “yo descubrí el punk por ti”), con Sebastián, con quien armé una banda alguna vez y la pasamos genial, con Alberto, con quien pasé casi todo el verano de la explosión del rock alternativo (y me dice “quiero volver a tocar, me he comprado una Stratocaster”).

Ya la fiesta está armada. La chela y toda la variedad de tragos obviamente ayudan.
Ian recuerda las veces que iba a mi casa y, en plena efervescencia adolescente, tratábamos de hacerle la conversa a mi vecina, Barbie, que me gustaba mucho por esa época (y que era mi conexión, al menos de alguna forma espiritual, al inexplorado mundo de las mujeres).

Me siento muy bien. Decido acercarme donde Miguel para agradecer la invitación.

Antes que le pueda hablar, el chato De la Puente me ve, se para de su mesa y me saluda con emoción: “Luis Carlos, vi lo que escribiste en tu Facebook sobre 1994 y me sentí recontra identificado”.

Le cuenta a Miguel.

“LC escribió una crónica sobre todo lo que pasó en 1994 y puso esa portada de TVmás donde salía Cobain en el Unplugged con alas de angel”.

Todo es alegría (y no, no es por la chela, solo he tomado una).

Llevo a Miguel a un rincón para conversar y le digo, advirtiendo que no es floro, que me siento sumamente agradecido y afortunado de formar parte de esta reunión.

“Puede sonar recontra cojudo o sentimental”, le digo, “pero estoy pasándola tan bien que me molesta de cierta forma haber perdido contacto con tanta gente con la que he pasado momentos claves en mi vida”.

“¿Ves? Por eso te dije para que vengas”, me dice.

Y conversamos sobre cómo todo pasa tan rápido y vemos tan poco a tanta gente con la que hemos pasado momentos pajas.

En este punto ya la fiesta está armadaza y regresamos a la edad mental de 14 años.

La gente se toma fotos grupales y, obviamente, luego todo el grupo se lanza para adelante, aplastando a los que estaban arrodillados para la fotografía.

“Esa era fija que iba a pasar”, alguien comenta en voz alta.

Pero nadie lo hace de maldad.

Las luces que alumbran el toldito que nos reúne se apagan de rato en rato (son los trabajadores del cole diciéndonos “ya váyanse, pezweones”. Ja).

Salimos en mancha del cole. Algunos anuncian a gritos el plan a seguir (hay varios anuncios, en realidad).

Caminamos por Caminos del Inca, el centro comercial de moda en esa época, algunos se van para “La Barra” (los bares en Caminos del Inca con Angamos), otros chapan taxi en mancha para Barranco y otros, como yo, desaparecemos.

El camino a casa huele a espíritu adolescente y no se me borra la sonrisa durante toda la noche.

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